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Lina García Rueda

Creo que todo empezó cuando a mi marido le detectaron un tumor cerebral. Fue una de las etapas más duras de nuestras vidas. Los médicos eran muy pesimistas y nos decían que lo mejor que nos podía pasar era que se quedara sordo o ciego.

Tuvimos que replantearnos muchas cosas, entre otras que me hiciera cargo del negocio. Tenía que conducir el camión, me levantaba a las 2 de la madrugada y no volvía a casa hasta pasadas las 5 de la tarde. La frutería era nuestro sustento y teníamos que atender el negocio. Era imposible parar pues tenía que sacar adelante a mi familia.

En aquél entonces, ya tenía a mis hijos, Juan de 5 años y Ángela de 3 años. Decidimos no tener más niños porque  mis embarazos eran de alto riesgo y ya había tenido tres abortos. Me hice, por lo tanto, una ligadura de trompas.

Mi marido fue operado y después de muchas complicaciones todo salió bien y ahora, afortunadamente, está estupendamente. Salió del hospital un 22 de diciembre y ese fue un día muy feliz para todos pues me lo llevaba de vuelta a casa.

Su proceso de recuperación fue lento aunque,  paulatinamente, todo volvió a la normalidad. También fue una época difícil para mi hija, muy afectada por la enfermedad de su padre, por lo que tuvo que recibir tratamiento psicológico.

Por mi parte, seguí con mis consultas al ginecólogo pues desde que me habían ligado las trompas, sangraba cada día y me salía leche de los pezones. Me hacían legrados para limpiar mi útero siempre lleno de sangre y me decían que la leche de los pechos era normal.

Me recomendaron colocarme un DIU para cortar el sangrado aún a sabiendas de que una de las contraindicaciones era que si tenía un tumor, lo aceleraría.

Nada más colocármelo, los problemas empezaron. Mi madre fue la primera en notar que algo no iba bien y enseguida empezamos a hacerme pruebas en el hospital: mamografías, ecografías, biopsias, analíticas, TAC, medicina nuclear,… Un chequeo completo. Y, en menos de una semana, tenía todos los resultados.

Recuerdo perfectamente las palabras de la persona que me llamó por teléfono: “tienes un tumor agresivo y hazte a la idea que te tienes que poner peluca. No sabemos si la quimio será antes de la operación, se está estudiando qué se va a hacer”.

Fueron unos días de locura, sin tiempo para pensar con calma. Tenía que estar bien por mis hijos, mi marido y mis padres. Fue muy difícil ocultar todo lo que me estaba pasando.

Me hicieron nuevas pruebas y, al final, decidieron operarme para quitar el tumor y hacer el vaciado de ganglios.

Mi tumor no era receptivo a la quimio por lo que optaron por no ponérmela. Pero sí me dieron 30 sesiones de radio, agravando así el linfedema que el vaciado de ganglios había provocado.

Al poco de terminar mi radioterapia, sin apenas haber tenido tiempo de recuperarme, mi hija empezó a sentir un fuerte dolor en el pie por lo que, durante dos meses, tuvo que ir en silla de rueda con una bomba de morfina para aliviar el dolor.

Tras muchas pruebas, al final le diagnostican dolor regional complejo; se trata de un dolor que crea la mente cuando está sometida a una presión psicológica importante. En su caso, causado por el hecho de que los dos pilares más importantes de su vida –su padre y su madre– habían pasado por un cáncer. Y, para ella, la palabra cáncer significaba muerte…

Poco a poco, gracias a los médicos, psicólogos, enfermeras, al cariño de mi familia y amigos y, sobre todo, al apoyo de mi madre que estuvo pendientes de nosotras en todo momento, conseguimos salir adelante.

Al año de mi operación de mama, también fui operada de un cáncer de útero del que, asimismo, estoy totalmente recuperada. Ahora sólo tengo que ir a revisiones cada seis meses.

Hoy en día, la palabra cáncer ya no asusta a mi hija. Sabe que es una enfermedad curable de la que se sale.

Por mi parte, el haber transitado por los caminos del cáncer me ha enseñado muchas cosas. Aprendí que no tenemos que ocultar nada del proceso a los niños; que ésta enfermedad se debe tratar con total normalidad; que el estado de ánimo es muy importante para salir adelante y que no es necesario que seamos súper mamas.

He aprendido que la vida y la felicidad se miden en cada minuto que se nos regala y que hay que disfrutar de las pequeñas cosas que el día a día nos trae. Ahora me quiero más, me alimento mejor y me cuido por dentro y por fuera.

También me siento muy orgullosa de nuestra Asociación “Un Sí Por La Vida – Unidos Contra El Cáncer”, que presido. Como superviviente del cáncer, estoy profundamente agradecida por esta segunda oportunidad que me brinda la vida y siento que es mi deber trabajar para ayudar a otras personas que se están enfrentando a la enfermedad.

 

 

 

SOBRE “UN SÍ POR LA VIDA”

Un Sí Por La Vida- Unidos Contra El Cáncer es una asociación cuyo objetivo fundamental es ayudar a los enfermos de cáncer y sus familiares. Desde su fundación en junio de 2014, son muchas las actividades que llevan a cabo de manera cotidiana, desde apoyo psicológico, reiki, manualidades, desfiles de moda, torneos de golf, risoterapia, mindfullnes, conferencias y cenas benéficas, hasta programas de salud, como “Por Un Millón de Pasos”, que fomenta la actividad física; “Yo también dejé de fumar”, para ayudar a dejar el tabaco; o el programa de prevención del cáncer impartido en los colegios de la Comarca del Guadalhorce, entre otras.

 

 

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