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Santi Serón

 
Santi Serón

Santi Serón

Posted by admin in 26 Sep 2016
 

SantiTodo empezó en el verano del 2010. Me sentía cansada y fatigada pero pensaba que era el calor. Y llegó el otoño y seguía sintiéndome mal, cada día con un síntoma diferente, pero sin nada en concreto. Visité a varios médicos y todos me dijeron que había que esperar a que algo aflorara. Al ser hipertensa, opté por ir al cardiólogo que me mando hacerme una analítica. Tras 10 días esperando, por fin llegaron los resultados, que fueron catastróficos. El médico no quiso decirme qué pasaba pero me mandó al Hospital Clínico de Málaga, a que repitieran la analítica. Yo estaba mucho peor y mis leucocitos se habían multiplicado por 4.
Cuando fui a recoger los nuevos resultados al hospital, esa misma noche (el 18 de noviembre), me dejaron en observación a esperar a que llegara la hematóloga. Cuando por fin llegó por la mañana, su diagnóstico fue que tenía leucemia. Creí que me volvía loca….que estaba en una pesadilla…
Mi marido, que siempre estuvo conmigo, avisó a mis hijos y hermana. La noticia les cayó como una bomba. Intentaron consolarme y darme fuerzas, pero y a ellos, ¿quién se la daba?
Siempre había llevado una vida sana y lloraba sin consuelo preguntándome ¿“por qué a mí”? Presa del pánico, sólo preguntaba si esta enfermedad tenía cura, si me podía salvar. La doctora me dijo que había que empezar con la quimio, a ver cómo reaccionaba. A partir de ese momento, todo fue muy rápido.
Había que saber de qué leucemia se trataba y eso sólo se lograba punzando la médula. Es imposible explicar el dolor que se siente cuando una aguja te traspasa el hueso para llegar a la fábrica de la sangre, “la médula”. Estaba convencida de que sola no podría resistir tanto sufrimiento e incertidumbre. Pero gracias a Dios, mi marido, mi hijo, mi hija y mi hermana estuvieron conmigo en todo momento y me dieron fuerza para agarrarme al hilo de vida que tenía.
El 19 de noviembre, a las 3 de la tarde, me pusieron la primera quimio. Sabía que, a partir de ese día, empezaba un camino largo y difícil para mí y mi familia. Estuve 28 días en una habitación aislada y solo podía acompañarme uno de mis familiares; y siempre con mascarilla.
Tras este primer tratamiento, pude regresar a mi casa por unos días para estar con mi familia y ver a mis padres, que ya eran muy mayores. No quería que supieran toda la verdad para evitar que sufrieran.
Estos días en casa me ayudaron mucho anímicamente y lo vi todo de otro color, con ilusión y esperanza. Jamás me di por vencida y, al igual que creí volverme loca cuando me dieron la noticia de que tenía leucemia, a partir de entonces, empecé a ver a mi enfermedad como un tropezón que Dios había puesto en mi camino para apreciar más la vida, ya que estaba al borde del precipicio.
Y llegó el segundo ingreso, el 30 de diciembre. Terminé el segundo ciclo de quimio el día 5 de enero de 2011. Seguía sin poder salir de la habitación pero la doctora quiso darme el mejor regalo de Reyes y me autorizó a ir a casa. Eso sí, después de explicarme con todo lujo de detalles todas las precauciones que debía tomar, fuera del hospital.
Normalmente, el mes de enero es especial para mí, pues el 17 es el día de mi cumpleaños y el 31, el aniversario de mi boda. Aunque seguía sin poder salir del hospital, la doctora me tenía preparado otro regalo:”Pueden venir a visitarte tus hijos”. Nunca olvidaré la imagen que se quedó grabada en mi mente, cuando llegaron mis hijos y mi sobrina cantándome “CUMPLEAÑOS FELIZ”. Ni puedo dejar de agradecer a mi marido todos los cuidados que me dio cuando más lo necesitaba.
Fue un encierro largo pero por fin, pude volver a casa el 7 de febrero, por unos días.
Quedaba un tercer tratamiento. Decidí convertir la habitación del hospital en mi segunda casa: me llevé la tele, la sandwichera y la costura… Este ingreso fue más llevadero pues sólo estuve 28 días.
Después de estos tratamientos, yo creía que estaba curada. Pero no fue así; habían conseguido parar la enfermedad pero era necesario un trasplante. Tuve mi primera visita a pre-trasplante el 7 de abril de 2011 y aunque creía que la espera iría para largo, no fue así. Me dijeron que ya tenían asignado un trasplante, en este caso, células madre de un cordón umbilical. Me quedé de piedra.
Yo lloraba, no sé si de pánico o de emoción. No comprendía por qué si yo estaba bien, todo tenía que ser tan rápido. La doctora me explicó que en esos momentos reunía buenas condiciones: estaba casi limpia y tenía menos de 50 años; dos requisitos muy importantes pues si la enfermedad volvía, ya no se podría trasplantar. La doctora me dejo unos días para que estudiara los pros y los contras y volviera más tranquila. Junto a mi familia, decidimos seguir adelante y me ingresaron el 28 de abril. Preparé mi maleta con ilusión, como la que va a hacer un viaje largo.
Empezaron con un nuevo tratamiento de quimio mucho más agresivo que los anteriores pues tenían que dejarme vacía. Estos días fueron duros pero la ilusión por curarme era infinita. Y llegó el día del primer trasplante, el 6 de mayo. Después de 20 días se esperaba que la médula empezase a funcionar, pero no fue así. Mi cuerpo rechazó el trasplante y me mantenían con vida con trasfusiones de sangre y plaquetas. Mi salud se iba deteriorando y no podía salir de las cámaras de aislamiento. Había que buscar una solución ya que, tras el primer trasplante fallido, llevaba ya más de 40 días en estas cámaras.
Me comunico entonces la doctora que podía intentar un segundo trasplante de mis hijos o de mi hermana ya que, al ser familia, había alguna posibilidad de éxito. Pero insistió en que un trasplante de familiar no idéntico no se había hecho nunca en Málaga. En Alemania llevaban tiempo haciéndolo pero como era la única posibilidad que tenía de poder curarme, había que intentarlo.
Mis hijos y mi hermana se hicieron los análisis y la que resultó ser donante compatible fue mi hermana. Le dije que tenía que pensárselo pero me respondió que si ella era mi salvación, me daría lo que necesitara. ¡Le debo la vida!
Mi hermana se puso un tratamiento, muy doloroso, para multiplicar las células. Una máquina recogía las células y tenían que clasificar cuáles eran idénticas y cuáles no. Pero en Málaga no había máquina. La máquina más cercana estaba en Sevilla y consiguieron que una ambulancia transportara esas células y las trajeran clasificadas antes de 24 h que es el tiempo que podían estar fuera de un cuerpo.
El 13 de julio, a mi hermana le extrajeron la médula y el día 14 de julio, me la regaló. Nací de nuevo. Mi cuerpo empezó a cambiar para bien cuando entraron en él las células de mi hermana y la médula empezó a funcionar correctamente, el 26 de julio. Ese día fue una gran fiesta para mi familia, para el equipo de hematología y, por supuesto, para mí.
El 2 de agosto, me dieron el alta tras 96 días en la cámara de aislamiento. Volví a mi casa con la inmensa alegría de poder regresar junto a los míos.
La recuperación fue lenta, fue un camino largo y duro pero siempre seguí adelante; y espero poder seguir viviendo muchos años para poder disfrutar de la vida junto a los míos.
Hoy quisiera dar las gracias a todos por el apoyo y la ayuda recibidos, ya que sin ellos, no habría sido posible mantener la entereza y la fuerza. Y hoy no habría podido contar mi historia.
Gracias hermana “por regalarme parte de ti para que yo viviera”. Te estaré eternamente agradecida por tan maravilloso gesto.
Gracias a Dios por darme una segunda oportunidad.
Gracias a la ciencia y a mis doctoras (como las llamo cariñosamente), por volcarse conmigo profesionalmente y personalmente.
Gracias al equipo de hematología del Hospital Carlos Haya y del Hospital Clínico, de Málaga, por su dedicación y buen hacer.
Gracias a mis hijos, Macarena y Francisco por su cariño.
Gracias a mi marido, por estar siempre a mi lado.
Gracias a los donantes de sangre, por regalar la vida, de forma altruista.
Gracias a todos. Gracias, gracias, gracias..…