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Toñi García

Me llamo Toñi García.
Recuerdo perfectamente que iba caminando por el pasillo de mi casa cuando me toque un bultito en el pecho. Al principio no le di importancia pero a los pocos días fui al ginecólogo para quedarme más tranquila. Mi médico, el Dr. Valenzuela me aconsejó hacerme una punción por lo privado, para ir más rápido, pues notó que algo no iba bien.
Cuando una semana más tarde fuimos a recoger los resultados, a mi marido y a mí nos pasaron a una habitación donde tres médicos nos dieron la demoledora noticia. No llegaron a decir la fatídica palabra que tanto miedo da pero no hizo falta. Nos dijeron que el tumor no era bueno.
En ese instante, los sentimientos se amontonaron en mi cabeza. Estaba totalmente abrumada, desconcertada y, por supuesto, muy asustada. Mi mente se bloqueó y me flaquearon las piernas por lo que tuvieron que ayudarme a tenderme en la camilla. Nunca olvidaré aquella sala de espera, aquella mesa dorada de cristal, aquellas vistas al aparcamiento del centro de diagnóstico donde pasé las dos horas más amargas de mi vida. Lloramos, lloramos mucho; no sabíamos qué decirnos ni como consolarnos; no sabíamos cómo iba a acabar todo esto pero, fuera como fuere, estábamos juntos y dispuestos a luchar unidos.
Cuando esta misma tarde le lleve las pruebas a mi ginecólogo, le pregunté si me iba a morir. Me tranquilizó y me derivó al Materno, a la unidad de mama y a un excelente senólogo.
A la mañana siguiente, empezaron las pruebas previas a la operación. Como mi tumor era agresivo y había crecido hasta los 4 centímetros, los médicos decidieron que era mejor darme quimioterapia antes de la operación. En menos de 10 días me operaron del ganglio centinela y me quitaron dos más que estaban afectados. Fue días antes de mi treinta y un cumpleaños. Treinta y uno, tan sólo treinta y un años…
A los pocos días empecé con las sesiones de quimio. El primer día, iba muy asustada pero con ganas de empezar para acabar lo antes posible y retomar mi vida. Cuando acabé, más de dos horas y media después, me dije: “ya sólo quedan cinco”.
Me recomendaron que para la segunda sesión fuera ya rapada y con peluca. Este fue otro duro trance, un momento muy triste al que es difícil enfrentarse. Tuve la gran suerte de tener a un ángel cerca, mi niño, que con sólo dos añitos me daba la vida cuando me daba besitos en la cabeza y me decía lo guapa que estaba.
También pude contar con el apoyo incondicional de mis padres y hermanos, de mi suegra (que siempre me acompañaba al hospital), de mis amigos… Sufrían al verme y yo intentaba estar bien delante de ellos, hacerme la fuerte y actuar como si no pasara nada. Pero este gran optimismo se desvanecía al cerrar las puertas de casa y quedarme a solas, con mis dos amores. Entonces era mi marido el que estaba ahí, bien cerca, para levantarme cuando caía. ¡Qué habría hecho sin él!
Las sesiones de quimio seguían su ritmo; el bulto se reducía pero, en la última, se partió en tres. Ahora, sin remedio, había que quitar el pecho. La mastectomía salió bien. Cuando llegó el momento de quitarme las vendas y enfrentarme a mi nueva realidad, el corazón se me aceleró. Mi madre, que estaba allí conmigo, no podía dejar de llorar. Como no quería verla así, empecé a reírme y a decirle que sólo era un trozo de carne y que lo importante era que yo pudiera contarlo. ¡Qué trago más amargo! A los dos días, me dieron el alta; el mismo día que mi hijo cumplía tres años.
Al mes siguiente empezó la radioterapia. Veinticinco sesiones. Mi piel respondió muy bien y los médicos estaban muy contentos. Por fin todo había acabado, ya sólo quedaban revisiones cada tres meses. La alegría era infinita, me juré a mi misma que iba a ser feliz, que no me preocuparía por las cosas insignificantes de la vida y que la aprovecharía al máximo.
Un año y medio después, fui al cirujano plástico para entrar en la lista de espera para reconstruirme el pecho. El cirujano estaba explorándome para hacer el informe pertinente cuando detectó un bultito en la clavícula, por encima de la cicatriz. Me recomendó que fuera al materno para ver lo que era. Entré por urgencias y llamaron a mi oncólogo, que estaba de guardia. El me miró y sus palabras se clavaron en mi corazón: “la enfermedad ha vuelto”. Sentí que el mundo se me caía encima, mucho peor que la primera vez.
Las pruebas determinaron que era el mismo tumor, en el mismo sitio, pero con otro problema añadido: la enfermedad había saltado al pulmón, había metástasis. No podían volver a operarme porque ya no había nada que quitar así que decidieron que me pondrían ocho sesiones más de quimioterapia; una quimio más agresiva que la inicial.
Otra vez la caída del pelo… Intentaba no llorar demasiado porque no quería que mi pequeño sufriera. El no entendía que estuviera de nuevo enferma así que, para hacerle el trance más fácil, jugábamos con las pelucas. Que Mami no tenía pelo era nuestro secreto. Lo veía tan normal que un día, en la fila del cole, empezó a tirarme de la peluca para que sus compañeros vieran lo guapa que estaba… ¡Para comérselo! ¡Cómo no iba a luchar con todas mis fuerzas por mi tesoro!
Aún así, me sentía desolada, impotente y no paraba de preguntarme por qué a mí, por qué otra vez; con lo bien que estaba y me sentía… Poco a poco, lo fui asumiendo de nuevo, dispuesta a levantarme y plantarle cara al cáncer, a luchar por mi misma y por mi familia. ¡Si lo había superado una vez, podría hacerlo una segunda!
Después de la sexta sesión, el tratamiento me estaba sentando tan mal que el oncólogo decidió parar aquí, temiendo que si no me mataba la enfermedad, lo hiciera el tratamiento. Doce sesiones de quimio en tan poco tiempo era demasiado veneno. Me sentí aliviada por acabar con la tortura aunque con miedo por las manchas que aún quedaban (y quedan) en el pulmón.
Mi hijo empezaba a hacerse mayor y nos pedía un hermanito. Intentábamos explicarle que no podía ser porque Mamá había estado enferma dos veces. Pero algo fantástico y casi divino ocurrió. Sin ni siquiera haberlo planeado, volví a quedarme embarazada. No lo podíamos creer. La familia estaba asustada y los médicos muy preocupados, pero decidí que quería seguir adelante con la gestación. ¡Estaba radiante! A los nueve meses, mi hijo nació por cesárea. Un precioso varón de 4.160 gramos, perfectamente sano. Mi Raúl, el milagro de mi vida, mi ilusión, la esperanza de que, a partir de aquí, todo irá bien.
En la primera revisión oncológica después de dar a luz, todo salió bien y ahora, sólo tengo que volver al hospital cada seis meses.
Mientras escribo este testimonio, volviendo la vista atrás y recordando de nuevo todo lo vivido, puedo sentir cómo el dolor vuelve a mí. Sin embargo, todo lo que tengo ahora compensa con creces lo sufrido y con esto me quedo.
Hay que luchar sin desfallecer contra esta enfermedad, porque se puede salir de ella. Y no una sino dos veces y más. Ponerle tu mejor cara a la vida y, cuando las fuerzas flaqueen, acostarte con la seguridad de que mañana todo irá un poco mejor.
Y, por supuesto, luchar por lo que deseas porque no hay nada imposible.

 

 

SOBRE “UN SÍ POR LA VIDA”

Un Sí Por La Vida- Unidos Contra El Cáncer es una asociación cuyo objetivo fundamental es ayudar a los enfermos de cáncer y sus familiares. Desde su fundación en junio de 2014, son muchas las actividades que llevan a cabo de manera cotidiana, desde apoyo psicológico, reiki, manualidades, desfiles de moda, torneos de golf, risoterapia, mindfullnes, conferencias y cenas benéficas, hasta programas de salud, como “Por Un Millón de Pasos”, que fomenta la actividad física; “Yo también dejé de fumar”, para ayudar a dejar el tabaco; o el programa de prevención del cáncer impartido en los colegios de la Comarca del Guadalhorce, entre otras.

 

 

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