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Yolanda Mejía

Un 4 de agosto, después de un día de playa con mis hijos y unos amigos, de regreso a casa me empezó a picar el escote. Como había tomado mucho el sol, pensé que me había quemado. Me exploré y noté que tenía un bulto.

Me asusté porque ya teníamos antecedentes de cáncer en la familia. Además, llevaba varios meses con trastornos de la regla, me bajaba dos veces al mes y, aunque mi doctora no le daba importancia, a mis 39 años, no me parecía muy normal.

En el mes de agosto era difícil localizar a un ginecólogo pero encontré uno en Coín que me dio una cita para hacerme una mamografía, por la tarde. Me dijo que el bulto era pequeño y sin raíces y que si quería quedar más tranquila, que me hiciera una punción. Pero sin darle mayor importancia. No quedé satisfecha y decidí pedir una segunda opinión.

Unos amigos me recomendaron entrar en el Hospital Materno por urgencias y que me miraran pues tenía antecedentes de cáncer por parte de madre, abuela y prima. Aunque me daba vergüenza pasar por las urgencias de un hospital  habiendo estado con un ginecólogo particular, les hice caso.

Allí en urgencias, el doctor me palpó y me dio una cita preferente urgente para dos días después.

Me hicieron varias pruebas, una punción y a los pocos días me llamaron para decirme que me presentara en el hospital. Cuando llegué, me dieron la tremenda noticia: tenía un cáncer ductal infiltrante de 16 mm de diámetro. Analizaron el ganglio centinela y programaron la operación para el 24 de septiembre.

Me hicieron una tumorectomía pero no me quitaron la mama completa. Me extirparon 12 ganglios que resultaron no estar infestados. Luego recibí tratamiento de quimioterapia, radioterapia y terapia hormonal, con Tamoxifeno.

Al año de tomar la medicación, empecé a tener hemorragias; la regla no se me había quitado con la quimio. Como eran unas hemorragias importantes, me hicieron una biopsia que se analizó en Barcelona pero resultó ser un simple pólipo, por la medicación.

Todo pasó y al año, comenzaron otra vez las hemorragias. Me ingresaron para hacerme un legrado y tras una biopsia, concluyeron que tenía el virus del papiloma humano, de grado 16. Los pólipos se habían convertido en carcinoma in situ y decidieron quitarme el útero entero.

Tengo muy malos recuerdos de esta época y lo pasé muy mal física y psicológicamente. Mis allegados tampoco lo pasaron bien. Ya habíamos tenido casos de cáncer en la familia y unos lo superaron pero otros no; como una prima mía que  tuvo un cáncer de mama a los 34 años de edad. O mi tía que tuvo un cáncer de útero casi al mismo tiempo que yo pero que falleció el 19 de diciembre de 2013.

Trataron de llevar mi enfermedad lo mejor que pudieron y mi madre no se separó de mí ni un momento en todo el proceso. Para mi padre, supuso una doble presión al ver sufrir a su hermana y a su hija.

Hermanos, cuñadas, amigos se turnaron para ayudar pero muchos acabaron agobiados y sintiéndose mal. He tenido a gente cercana que me ha dicho: “oye, hasta aquí te puedo ayudar porque me está afectando más de la cuenta”.

Del tratamiento de radioterapia se hizo cargo mi marido. El me llevaba todos los días a Málaga y al principio lo llevaba bien pero a las dos semanas vi que estaba mal y bastante afectado.

La radioterapia acabo quemándome y terminé con una radiodermitis de grado 2, profunda. El ánimo me faltaba y quería renunciar al tratamiento. Iba llorando a las sesiones pero él me decía que había que ir. Cuando íbamos de camino, me animaba diciéndome, “te faltan 19” y a la vuelta, “ya solo quedan 18”. Todos los días, la cuenta atrás, todos los días decía lo mismo. Yo tenía ganas de que eso terminara, estaba quemada y me dolía mucho. Conseguí terminar las 33 sesiones de radio pero con mucho sufrimiento.

En cuanto a mis hijos, se adaptaron y fueron asimilando lo que había hasta convertirlo en algo normal, una rutina. Fue duro al principio y tuvieron que madurar deprisa. Muchas veces era yo la que daba ánimos a los demás.

He procurado siempre mantenerme fuerte, recordando las palabras de una de mis doctoras, un día que me vio triste: “esa no es la actitud, la actitud es que si tienes ganas de vivir, te quedarán años pero como te deprimas y te metas en la cama, te quedas meses. Tú decides porque en el 90% de los casos, la positividad del paciente es fundamental para vencer la enfermedad. Si eres positiva vas a vivir muchos años. Si eres negativa en unos meses el cáncer te lleva”.

Cuando salí de la consulta, me cambió el chip.

Cada vez que tenía una cita, iba muy arreglada, siempre pintada, peinadita y con collares. Tanto es así que muchas veces, los doctores se confundían y se dirigían a las personas que me acompañaban y que no iban tan arregladas como yo. En mi caso, no daba el perfil de persona enferma.

El apoyo de mi familia y amigos fue crucial para mí. Sin ellos no habría podido salir adelante. Me sacaban mucho. Cuando me veían triste, me animaban “venga vamos a tomar un café”, me llevaban de paseo, a un centro comercial, etc.

Volviendo la vista atrás, puedo decir que fueron meses muy duros, difíciles de sobrellevar. Me han quedado muchas secuelas pero aquí estoy, contenta, viva y feliz.

Ya no lloro. Lo que me da tiempo hacer en el día, lo hago. Si no, lo dejo para la mañana siguiente. Si un día puedo más, tengo más resistencia y fuerza física, hago más. Si otro día estoy peor, me duele, lo que sea, no me esfuerzo.

Estoy contenta de estar viva porque he dejado a varios amigos en el camino. El año pasado se murió una muy buena amiga. Íbamos juntas a todas partes. Lo pasé muy mal. Ella también tenía muchas ganas de vivir. Me acuerdo mucho de ella y sé que le hubiera gustado colaborar con nuestra asociación. Lo que hago, lo hago también en parte por ella. Pienso que ella no ha tenido la suerte que yo he tenido y que tengo. Y ayudar a mejorar la vida de los enfermos, también me anima.

 

 

SOBRE “UN SÍ POR LA VIDA”

Un Sí Por La Vida- Unidos Contra El Cáncer es una asociación cuyo objetivo fundamental es ayudar a los enfermos de cáncer y sus familiares. Desde su fundación en junio de 2014, son muchas las actividades que llevan a cabo de manera cotidiana, desde apoyo psicológico, reiki, manualidades, desfiles de moda, torneos de golf, risoterapia, mindfullnes, conferencias y cenas benéficas, hasta programas de salud, como “Por Un Millón de Pasos”, que fomenta la actividad física; “Yo también dejé de fumar”, para ayudar a dejar el tabaco; o el programa de prevención del cáncer impartido en los colegios de la Comarca del Guadalhorce, entre otras.

 

 

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